| Mensaje Civistico del 74 |
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| Escrito por Shikry Gama |
| Jueves 11 de Junio de 2009 14:53 |
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PROLOGO Desde principios de la década del setenta, el Centro Cultural Filosófico Brahamánico-Lamaísta (Septrionismo) presidido por su Director Fundador tuvo una persistente participación crítica del gobierno militar del general Juan Velasco Alvarado. En los primeros días del mes de febrero de 1972 recibimos la invitación de la Comisión organizadora del “Primer Seminario Regional del Petróleo”. El 19 de Febrero de 1972, el H:. Claudio J. Cedeño A. en su condición de Director Fundador del C.C.F.B.L. presentó la Ponencia titulada “SIN REGIONALISMO NO HAY NACIONALISMO”[1]. Ese mismo año de 1972, el H:. Claudio J. Cedeño A. se dirige al seminario sobre “EL PLAN DE DESARROLLO DEL ORIENTE” organizado por el Ministerio de Industria y Comercio del gobierno militar, para presentar cinco grandes sugerencias que permitirían asentar las bases para un desarrollo económico de la Amazonía. Por aquellos tiempos el C.C.F.B.L. asesoraba a los directivos locales del Sindicato Único de Trabadores de Educación del Perú (SUTEP) del departamento de Loreto. El SUTEP impugnaba la manipulación que el gobierno militar imponía sobre el Ministerio de Educación. Sucesos adversos perturbaron la estabilidad del programa agropecuario del Brahamasterio[2] y el fracaso económico obligó a los fundadores abandonar las actividades en Iquitos. Por disposición de la D.G.S., el servidor Romeo Wong Del Aguila asumió la dirección del Centro Cultural Filosófico Brahamanico Lamaista. Para superar la oposición del SUTEP, la inteligencia del gobierno militar del Gral. Velazco Alvarado en 1974 activó el “Sindicato de Educadores de la Revolución Peruana (SERP). El C.C.F.B.L. se convirtió en el objetivo de inteligencia del Gobierno Militar. El Crnel. Breña Pantoja se encargó de neutralizar las actividades del SUTEP de Iquitos. En agosto de 1974 un grupo de dirigentes, políticos y religiosos de Iquitos, visitan al H:. Claudio en la casa institucional sito en Psje. Wakulski 185 en Lima, para manifestar su protesta y disconformidad por las actitudes colaboracionistas del H:. Romeo Wong Del Aguila, quien al amparo del Centro Cultural de Iquitos venía haciendo creer a los dirigentes del SUTEP que el Brahamanismo-Lamaismo (hoy Septrionismo) compartía las ideas del SERP y del gobierno militar. El Crnel. Breña Pantoja, aprovechándose de la candidez de Romeo Wong D. logró seducirlo a los objetivos del gobierno militar. Los hechos revelan que logró que la UNAP le brindara la oportunidad de un trabajo de auxiliar de la facultad de Educación, con el objetivo de conseguir la penetración de los idearios del gobierno militar en la conciencia de los dirigentes del SUTEP de Iquitos. Así es como los agentes de la inteligencia del gobierno militar, sedujeron, persuadieron y adoctrinaron a los dirigentes del SUTEP, induciéndolos a abrazar los ideales comunistas que hasta el día de hoy cautiva la voluntad y la vocación del magisterio nacional. Es en este contexto socio-político que el Brahamanismo Lamaísmo (Septrionismo), para deslindar diferencias con la política totalitarista de esa época, se vio en la necesidad de pronunciar su mensaje Civístico de 1974.
MENSAJE CIVISTICO DEL 74 Al conmemorarse una fecha más del aniversario de fundación de nuestro movimiento místico-filosófico, quiero llegar con las alas vérbicas del pensamiento, hasta los corazones y las almas de mis hermanos en el espíritu del Creador. Pero al conjurarnos en este nuevo diálogo de conciencias, en momentos de tantas ofuscaciones y confusiones ideo-sociológicas del mundo, quiero verter y proyectar mis acuciantes reflexiones místico filosóficas sobre los temporales pero vitales fundamentos de la problemática socio-política, que, con el virus psíquico del anarquismo de los principios éticos, ofusca y consterna nuestro entendimiento, impulsándonos a la lucha fratricida e impidiéndonos experimentar la tan pregonada como anhelada paz de nuestras conciencias. Siento la imperiosa necesidad de responder al clamor de nuestros simpatizantes y seguidores sobre la inevitable alternativa que cada uno de ellos siente cuando en la encrucijada de la vida diaria se ve emplazado a responder con ideas y acciones sobre tales y cuales principios ideo-políticos, y es lógico, el ser militante de una doctrina espiritualista no imposibilita para ser miembro de la sociedad en que vive, ni exige ser indiferente a la problemática que lo rodea, antes por el contrario, todos sabemos que la existencia de nuestra doctrina responde precisamente a la misma necesidad de cambio ideológico y psicológico que se pregona en los ambientes políticos, con la diferencia de que nuestros procedimientos para llegar a la misma meta sean distintos a los otros, sin que esto conlleve un apartamento de la actitud política individual, por el contrario, exige una límpida, digna y valiente posición libertaria de los principios en bien de toda la humanidad, sin resentimientos vindicativos ni ideas pasionales divisionistas de la unidad humana. Todo místico en el inicio de su búsqueda de lo Dios (Eón de inteligencia eterna) se verá en la necesidad de aislarse de sus semejantes, del mundanal ruido y de todo problema humano para afinar sus sentidos y auscultar la naturaleza del mundo. Cuando deslumbrado por el descubrimiento de la magnificencia de la naturaleza universal de lo Dios, decidiera ofrendar su existencia al servicio incondicional del Creador, descubrirá -desconcertado- que nada de lo que él haga por amarlo y servirlo afectará la inmutable cualidad de su impersonal naturaleza causal. La turbación inicial se transformará progresivamente en la sublimación de las cualidades humanas hasta encontrar sus semejanzas con la naturaleza divina. Súbitamente, como iluminado por la mente creador comprenderá que a lo Dios (EON DE INTELIGENCIA ETERNA) sólo podrá amarlo y servirlo en la tierra AMANDO Y SIRVIENDO AL HUMANO QUE ES LA EXPRESIÓN MÁXIMA DE SU CREACIÓN. Así brotará en el corazón y el pensamiento del místico el sentimiento humanitarista. Sentimiento que hará vibrar en él desde lo más recóndito de su ancestro fraternal el afecto por todos sus semejantes, sin distingos de razas, credos, condiciones sociales o económicas. Sentimiento este que lo hará experimentar la sublime, absoluta e inalterable realidad de que todos somos hijos de una sola naturaleza creadora y, por lo tanto, ¡hermanos en la carne, en el espíritu, en la paternidad y en la filialidad[3]! Al renacer este prístino flujo de la consanguinidad de la especie en la espiritualidad del místico, nacerá también en él la sensación que todo padre experimenta por sus hijos desvalidos, en discordia o en desgracia. Así el místico sentirá las vivencias del mundo de los humanos como si fueran en carne propia, porque la carne de los humanos es la suya misma, porque los sufrimientos de la humanidad son sus sufrimientos, y porque los problemas de los humanos son sus problemas y porque no habrá paz ni alegría en él mientras no haya paz ni alegría en la humanidad. Algunos de nuestros hermanos[4] han actuado en política comprometiendo temerariamente nuestra doctrina y nuestra Institución. Siempre hemos respetado la dignidad humana. Este respeto no incluye una tolerancia colaboracionista; ni el señalamiento de nuestra repulsa conlleva el rechazo de la persona, ni es ofensa a la dignidad humana. La base doctrinal de nuestra Filosofía se fundamenta en el respeto del libre albedrío del individuo para elegir las creencias, gustos y acciones que desee efectuar en el transcurso de su vida. Esto nos obliga, por ética y por espiritualidad, a respetar las creencias de cada humano y los cambios que se puedan producir en las distintas etapas psicosociales de su existencia. Pero, por sí mismo, queda establecido que todo cambio individual es ajeno a la esencia y naturaleza de nuestra Doctrina. A nuestra Institución pueden pertenecer personas de las más variadas creencias y costumbres, identificados tan sólo en la relación directa de la gradante ideológica de sus simpatías, sin alteración de otros principios de su personalidad, y, lógicamente, sin poseer las atribuciones de opinar, actuar o fundamentar dichos actos personales a título doctrinal, ni institucional. El ideal humanitarista de un movimiento filosófico no obliga a tomar los cauces privativos sui-generis de otros movimientos ideológicos. Cada doctrina sirve a la humanidad dentro de su ideario planificado sin que esto contenga, necesariamente, similitud de criterios, puesto que, inclusive, pueden ser concepciones y métodos de realización, diametralmente opuestos a los otros. Sé que muchas extraviadas mentes juzgarán nuestras saetas introspectivas como una intromisión en la espuria utilización del real significado del vocablo política. Acaso estará haciendo política el médico que, afligido por las catastróficas consecuencias de una temible epidemia recomienda a los organismos de la administración de salud pública, las medidas profilácticas que deben ejecutarse para el bienestar de la sociedad y para defender la salud del pueblo...? Acaso estará haciendo política el artista que ofrece el producto de su arte para recreación del tenso y agresivo temperamento humano...? Estará haciendo política el educador vocacional que entrega su saber en un apostolado misional para erradicar la ignorancia de sus semejantes...? ¿Por qué entonces se pretende confundir al místico con el político...? Por todas estas razones, convencido de que la política es esencialmente la participación o la ambición de participar en alguna de las actividades de la administración pública, y no la de opinar y aconsejar fórmulas para el bienestar social, consciente de que nuestros seguidores y simpatizantes necesitan conocer con claridad cuál es la posición doctrinal del SEPTRIONISMO ante las diferentes tendencias políticas del mundo, en este mensaje del sexto aniversario de fundación, reflexionaremos sobre los temas y las realidades políticas, haciendo un emplazamiento racional, ético y directriz. Deseamos que estas normas sean como una luz en las tinieblas de nuestro ofuscado mundo.
EL CIUDADANO SEPTRIONICO La interrelación del humano con las instituciones socio-políticas del Estado establece una nueva condición humana: la del ciudadano. Las relaciones entre el ciudadano y el Estado comprometen beneficios mutuos. El ciudadano se compromete a respetar las leyes y el estado a garantizar con estas leyes los derechos del ciudadano. El ciudadano es un ser esencialmente político, por lo cual está en la obligación ineludible de conocer racionalmente todas las causas y los fundamentos de las leyes que lo rigen, de tal manera que su aceptación se constituirá en la fuerza de honor que le obligará al cumplimiento y la observancia de las mismas. Ignorar el texto y las razones del contenido de una ley es contribuir a que se instaure la injusticia política, social, económica y cultural en su país. La única forma de no ignorar los fundamentos de una ley es participando en el debate de la constitución de las mismas. Si el ciudadano desea que las leyes de su país sean justas, deberá conseguir el derecho soberano de ser quien en votación plebiscitaria apruebe o desapruebe la dación de una ley, correspondiendo a los poderes legislativos tan sólo la facultad de elaborar y proponer la aprobación de dicha ley. Los sistemas de gobierno deberán ser siempre la voluntad de las mayorías, ejercida mediante el voto y la libre elección del candidato a gobernante. La ciudadanía siempre estará ubicada –por la dualidad de los valores- en condiciones opuestas, y, por lo mismo, jamás habrá unidad ideológica en un país. Estas condiciones darán origen siempre a las pugnas ideo-partidistas de quienes aspiran al poder. Por las mismas razones de la oposición de ideales, ningún sistema socio-político podrá satisfacer a toda la ciudadanía. La lucha diaria por la subsistencia, la constante dificultad para conseguir trabajo, las incertidumbres empresariales por la inestabilidad de la gestión productiva, a más de las siempre discutibles ocupaciones burocráticas, determinan insólitas actuaciones ciudadanas. Los políticos y los gobiernos -en su indispensable afán proselitista- no solamente sucumben en el nepotismo, sino que, conscientes de que no es posible ubicar a todos sus prosélitos en los puestos públicos, procuran por todos los medios controlar o apropiarse de las fuentes laborales privadas para dar trabajo a sus copartidarios. La ciudadanía, que aumenta en población geométricamente mientras que las ocupaciones se desarrollan a ritmo aritmético, determina la desocupación masiva y la experiencia de sorprendentes estados tanto psicológicos como cívicos del humano. Las inclementes e impostergables necesidades elementales de subsistencia ponen a prueba hasta los valores más sagrados de la dignidad humana. Muy pocos son los que tienen recursos para enfrentar la adversidad con dignidad, ética y cívica. La mayoría de los ciudadanos que necesitan apremiantemente de cualquier trabajo que les permita costear un presupuesto de hambre familiar, aceptará, aún con la paga mínima, cualquier tipo de trabajo que se les presente. Muchísimos se ven obligados a delinquir, unas veces por necesidad y otras por la proclividad de sus características personales. Los políticos y gobiernos conocedores profundos de esta problemática del ciudadano, no solamente hacen publicidad de que solucionarán esta situación, sino que con estas promesas comprometen indirectamente la militancia partidista de los mismos. Este fenómeno socio-político dio origen al “ciudadano arribista” que es el que se aprovecha de este intercambio de prebendas politiqueras. Existen otras clases de ciudadanos que es necesario que conozcamos, y que ojala jamás los Septriónicos estén catalogados en sus filas. Los “cogo-fámicos”[5] y los “fami-partidistas”[6]. Es indispensable que los Septriónicos, y la ciudadanía del mundo reflexionen sobre estas fatídicas circunstancias que atentan contra la dignidad humana. La hegemonía política y económica de los gobiernos son inevitablemente generadoras de esta nueva forma de opresión y esclavitud humanas. La desocupación es un reto impostergable que los humanos y las instituciones deben tratar de eliminar de la problemática social, si es que se desea adquirir la verdadera libertad ciudadana, porque mientras subsistan estas condiciones, los ciudadanos del mundo serán siempre obligados a pensar con el estómago, y se seguirá traficando con sus necesidades, induciéndolos, de una u otra manera, a militar dudosas ideologías que, en el trasfondo de toda su demagogia, no buscan otra cosa que conseguir trabajo, posiciones sociales y riquezas para sus dirigentes. Los pueblos con inmadurez cívica y política son contexto propicio para que los demagogos, anarquistas, politiqueros, politicastros con sus consecuentes adoctrinamientos doctrinales sorprendan a las ingenuas y casi ignorantes conciencias políticas de los ciudadanos, llevándolos al ofuscamiento, a la confusión ideológica y a los fracasos político-administrativos. Preocupados por esta circunstancia consideramos que es un deber de todo ciudadano, y muy especialmente, de los dirigentes espirituales, señalar con meridiana claridad los factores que causan esta problemática social. LA MÍSTICA, LA POLÍTICA Y LA CÍVICA En las artes de la política la meta adoctrinadora de los partidos gusta siempre de impresionar la conciencia popular con vocablos, frases o fórmulas publicitarias (slogan) que penetren profundamente en el sentimiento humanista de la ciudadanía. En los últimos tiempos la palabra “mística” ha sido intrincadamente utilizada, sorprendiendo y confundiendo la buena fe de los prosélitos religiosos, porque de una u otra manera esa actitud política insinuaba estar relacionada con lo Dios y con los ideales espiritualistas. Es común escuchar frases como: “la mística de la democracia...”, “la mística del partido...”, “la mística de la política” etc. Es evidente que el humanismo involucra en sus alcances ideológicos una transfiguración del concepto humanidad en la personificación de Lo Dios en la humanidad, por atribuírsele al ser humano semejanzas con su Dios. Esta elucubración idealísta es posible admitirla filosóficamente, pero es inadmisible la pretensión de su realización social, porque todas las actitudes políticas de los pueblos conllevan la imperfección de la justicia gubernativa contraviniendo -con esta característica- la naturaleza de la justicia divina. Por lo que se deduce concluyentemente que no es aconsejable utilizar el vocablo “mística” en las pretensiones sociales o humanísticas de la política. Se ha puesto de moda una falaz fraseología que pregona la “mística de la educación”, “mística del transporte”, “mística de la economía“, “mística del deporte” y otras, que han corrompido el significado del vocablo mística, confundiendo el entendimiento de las gentes para hacer creer a los incautos que el pragmatismo es inspirado por Lo Dios. En este demagógico y libertino uso del idioma se ha confundido el sentido de vocablos fundamentales para la vida ciudadana. El término política ha sido aplicado para designar diversos procesos y procedimientos del desarrollo de distintas actividades del ser humano. Se habla de una “política del transporte”, “política de la mística”...incitando a la distorsión y uso inadecuado del significado de este término que inevitablemente desembocará en la confusión de usos y aplicaciones que padecemos en el presente, y que, obedeciendo a confusos intereses, busca desvirtuar las preclaras y apolíticas intervenciones de intelectuales y espiritualistas. La cívica es indiscutiblemente la ciencia y el código que establecen las relaciones del ciudadano con su patria, incorporando todos los aspectos ideológicos que el socialismo pueda concebir. Por la impostergable necesidad de aportar soluciones a tan complejos problemas idiomáticos, recurrimos a las reglas gramaticales para proponer las formas idiomáticas con que debemos expresar estas nuevas concepciones pensantes que el pragmatismo ha generado, con el fin de evitar confusiones en el uso incorrecto del vocablo “mística” como un valor cívico. Civística es el vocablo que define concretamente la conformación del sentimiento cívico con el místico, es decir, de esa actitud pensante del místico que concibe que sirviendo al humano en la sociedad cívica está sirviendo a lo Dios, porque (para el humano) el Hombre es, a fin de cuentas, la representación máxima de la creación divina. Este nuevo vocablo, si bien es cierto que expresa la conjunción de esa actitud pensante, no distorsiona –sin embargo- el real y universal sentido que debe preservar el término “mística” como patrimonio de la exclusiva denominación que debe establecerse en la relación del humano con lo Dios. Proponemos también que el distorsionado uso del vocablo “política” que se estila hoy para referirse a las formas de ejecutar los objetivos del servicio social sea reemplazada por el término ”procesatoria” para indicar el evidente proceso de desarrollo que conllevan todas las acciones del intelecto humano en diversas aplicaciones no comprometidas con el ejercicio de la administración pública, reservándose el uso del término política exclusivamente para todo aquello que conlleve el ejercicio de la administración pública.
DE LA CONFORMIDAD E INCONFORMIDAD AL CONFORMISMO Y EL INCONFORMISMO La humanidad, por compleja que parezca en su accionar social, es siempre consecuente con la idiosincrasia de sus individuos. Estas actitudes pensantes son las que definen los valores de la personalidad, sea hacia las positividades o hacia las negatividades del accionar social. La evolución de la civilización se diversifica en cada época por el predominio de una de estas inclinaciones del intelecto sobre las otras. Nuestra actual sociedad ha sido pródiga en el despertar del negativismo de los valores, sin que esto quiera decir que carezca de valores positivos. La conformidad es un estado mental transitorio de aceptación de la realidad imperante en nuestra vida. La inconformidad ha sido siempre el estado de rebeldía ante esas situaciones. El humano consciente de sus derechos, de sus capacidades y de sus obligaciones aspira siempre a una evolución gradual de su persona en la escala social, y para conseguir estas justas metas, se esfuerza denodadamente trabajando o luchando contra los obstáculos que se le presenten. Esta inconformidad del humano, ha sido el motor de todas las transformaciones sociales de la historia hasta nuestros días, con sus éxitos y sus fracasos. Paralelamente a esta positiva disposición pensante, se ha manifestado también, los “contraconceptos” del conformismo y del inconformismo. El conformismo es el estado mental de individuos y de pueblos que no quieren cambiar el estado de cosas de sus vidas, porque dudan de las conveniencias del progreso social, y porque no admiten variaciones de sus ancestrales costumbres. El inconformismo -contradictoriamente- es una actitud pensante de ambiciones y envidias que nunca podrán satisfacerse, precisamente, porque se caracteriza por no tener metas definidas en sus objetivos personales. Los inconformistas desean codiciosamente todo lo que los demás poseen, y no tiene descanso mental hasta apropiarse del bien ajeno por cualquier medio. El inconformismo no solamente se percibe en la ambición codiciosa de los bienes materiales, sino que también envidian y odian a todos aquellos que poseen capacidades artísticas, intelectuales y espirituales que ellos carecen. Todas las formas del resentimiento social son consecuencia del inconformismo porque se sienten incapaces de lograr a base de esfuerzo personal lo obtenido por sus semejantes. Quienes poseen la conformidad y la inconformidad serán seres y pueblos que progresarán ilimitadamente, pero aquellos individuos o pueblos que sean protagonistas del conformismo y del inconformismo, mientras mantengan esas características, siempre serán causa de conflictos en la convivencia social.
DEL ORDEN AL DESORDEN ANÁRQUICO La oponencia[7] de la naturaleza creadora, desde la fuente primaria de la substantividad del ser, predeterminó la desigualdad de las condiciones existenciales, manifestándose primero en el contexto metafísico y después en el psicosocial. Las etéreas escenas de la rebelión de Luzbel ante lo Dios en un intento de llegar a ser igual a su Creador son las referencias ancestrales más remotas que el pensamiento occidental nos revela por los relatos bíblicos sobre los sentimientos anarquistas del ente creado. Es significativo y de profunda trascendencia el hecho de que Luzbel sea en la teología cristiana la personificación de la ambición a la igualdad y del pretendido atropello a las jerarquías diferenciales del ordenamiento divino. Es evidente que creer en la posibilidad de la igualdad de condiciones presupone tácitamente la factibilidad de llegar a ser iguales a Lo Dios en lo espiritual. De allí que estemos completamente de acuerdo con la eternal enseñanza bíblica de la real desigualdad de unos seres con respecto a otros. Esto no niega el derecho de la igualdad de posibilidades, porque efectivamente el ser humano es de naturaleza perfectible y en grado relativo es posible la igualdad en ciertas condiciones. Si a un recién nacido se le dejase abandonado en un medio ambiente salvaje, lógicamente se convertirá en un salvaje con todas las características instintivas de la irracionalidad del ser. Por eso el conocimiento del humano trata de proporcionar instrucción y educación a todos sus semejantes, porque sabe que es el único medio de capacitarlos para el usufructo del derecho de igualdad de posibilidades sociales, quedando a expensas del determinismo social por sus características individuales y por las tradiciones sociales imperantes. Nadie podrá considerar iguales a un analfabeto con un instruido profesional, como tampoco a un niño con un adulto, ni a una persona diligente y constante con otra negligente y perezosa, como tampoco a un general con un soldado o con un sargento. El ser humano posee el derecho de igualdad política “por su dignidad humana, por estar dotado de razón y de conciencia y porque ante los ojos de la ley es igual para ser protegido como castigado”. Pero, “por su capacidad, sus virtudes y sus talentos los humanos jamás podrán ser iguales”. El sentimiento de igualdad es una fuerza psíquica que nos impulsa desde el pasado y desde lo ignoto a la superación y perfeccionamiento de nuestra naturaleza espiritual y racional. Este proceso de superación debe ser consecuencia del esfuerzo disciplinado en el trabajo, en la posesión de bienes honestamente adquiridos bajo el imperio del derecho al usufructo del producto de sus esfuerzos. La propiedad obtenida de esta manera es y deberá ser siempre sagrada. Cuando en nuestras aspiraciones de evolución y superación social se infiltran las nefastas influencias de la envidia, la ambición, el resentimiento social como medios públicos de obtención de los derechos de igualdad política, muy fácilmente -el humano- sucumbe en el insondable influjo del anarquismo, porque ésta es la fuerza de los débiles, de los incapaces, de los pusilánimes, de los ignorantes, de los arribistas y de todas las especies de oportunistas que puedan concebirse. Todo está en permanente evolución. El anarquismo como rebeldía psicosocial ha manifestado diversas facetas en su devenir histórico, aunque en el fondo, en su esencia, siga persiguiendo las mismas metas tradicionales que son corroer y destruir el ordenamiento jerárquico espiritual, institucional y social, como único medio de hacerse a sus innobles fines de apropiación ilícita de los codiciados bienes ajenos. Esta acrática característica de los ofuscados, con temores a la crítica y censura de la moral y la religión, fue astutamente practicada en el pasado; pero una vez logrado el desprestigio religioso, utilizando mal intencionados éxitos científicos, poco a poco fue inficcionando su maléfico influjo en la conciencia colectiva de los pueblos menos favorecidos. El presente es la época de su más diversificado florecimiento. La instrucción desarticulada de la educación de valores morales y éticos ha contribuido a que los portadores del anarquismo tuviesen argumentos suficientes para concebir artificios más sutiles de penetración en la desconcertada conciencia cívica y ética de la humanidad. Con el adoctrinamiento de falaces idealismos, con deshonestidad distorsionan los sentidos etimológicos del lenguaje. Con falaces sofismas trastornan el uso de los sentidos figurados del idioma, con la premeditada intención de seducir y engañar a las masas desfavorecidas, ofrecen utópicos ideales de igualdad socio-económica y propician la codicia del bien ajeno induciendo a las masas la práctica de costumbres licenciosas como el libertinaje sexual, la drogadicción, el incremento de los gobiernos cantineros que viven a costa de inducir cada vez más el alcoholismo en los hábitos ciudadanos, con alucinantes literaturas sub-realistas, y , en fin, con un cúmulo de apetencias que siembran cizaña y ambiciones por doquier. Han llegado hasta la concepción demagógica de doctrinas filosófico-sociales que no son más que el trampolín para sobrepasar los muros éticos de la razón, del derecho y de la justicia, con el exclusivo y premeditado fin de destruir todo el ordenamiento jerárquico de los sectores sociales que descaradamente desean poseer. Esta inconsciente y vertiginosa carrera de venganza, pillaje y codicias reprimidas pretende en su ilusa empresa mantener incólume sus propias jerarquías de mando. Este es el nebuloso y aterrador panorama de nuestro mundo actual. Mundo que se debate en una cruenta y silenciosa lucha de valores: la positividad del perfeccionamiento del humano frente a la instintiva y masiva negatividad de las pasiones ancestrales, que bajo la égida del anarquismo va acumulando triunfos para su desordenado reino de confusiones diabólicas.
POLÍTICA Y DEMAGOGIA Desde el inicio de los tiempos, los principios del bien y del mal libran esta cruenta lucha sobre el lomo de la tierra y sobre las consciencias de la humanidad eclosionando en la política, la demagogia y otras pasiones que han escrito gloriosas como ignominiosas páginas de la gesta libertaria de la humanidad. La política es el conjunto de actividades referentes al Estado Pueblo, al Estado Gobierno, a la Administración Pública y a la vida colectiva de los ciudadanos que deben ser organizados en el marco de un gobierno democrático, cuya orientación, deberes y derechos deben ser administrados con equidad y justicia por el gobierno de turno La instrucción, educación, ciencias, artes, cultura cívica, defensa nacional y seguridad ciudadana y la aplicación de la justicia, son responsabilidades que deben ser ejercidas -con prudencial sabiduría- por los políticos en bien de la sociedad en general. El político es y deberá ser siempre el humano que ante el llamado insonoro de las necesidades públicas de la ciudadanía responderá con comprometida solidaridad ante la problemática imperante de su época y las circunstancias de su pueblo, concibiendo fórmulas ideológicas, jurídicas, planes socio-económicos y tecnológicos así como urbanísticos que, por medio de la administración pública, le sea permitido aliviar los males de su pueblo, gestionando la dación de leyes, normas y partidas presupuestales que determinen la realización y consecución de los cambios necesarios en el ordenamiento social, de tal manera, que beneficien a las mayorías sin detrimento del derecho justo de las minorías. Mientras el místico está al servicio de lo Dios buscando la armonía humana, el político está al servicio de su pueblo tratando de conseguir la solución de sus problemas sociales. Muy comúnmente se confunde al político con el demagogo y a la política con la demagogia. Es también verdad que, muchas veces, el político tiene mucho de demagogo y el demagogo mucho de político. Pero es indispensable que aprendamos a diferenciar las características de cada uno de ellos. La demagogia ha sido siempre el artificioso arte de los caudillos (demagogos) que haciendo creer que representan la voluntad real del pueblo gobiernan por la dominación tiránica, ejerciendo el poder caprichosa, imprudente y temerariamente, sin prever las funestas consecuencias que su administración deparará a sus gobernados. Unas veces, impulsados por confusos sentimientos políticos y otras veces precipitados por sus voraces ambiciones personales de poder, el demagogo es y será siempre aquel que promete ilusas realizaciones, ofrece resarcir agravios sociales y despierta la conciencia pasional de las masas para hacerse al apoyo popular como medio de obtención del poder político, pero una vez ubicado en su ansiada meta, ejercerá su voluntad con despótico absolutismo, oprimiendo y atropellando el justo derecho de sus conciudadanos. Hay demagogias y demagogos tanto de izquierda como de derecha. Los unos conquistando la complicidad de las mayorías y los otros, la de las minorías, para el logro de los mismos fines, pero por diferentes vías de acceso al poder. El buen político jamás alcanzará el poder gubernamental sin la participación voluntaria del pueblo. Para dar ejemplo de su honestidad exigirá la fiscalización permanente y soberana de sus gobernados. El demagogo siempre llegará a lograr el poder con engaños, emulaciones y por la fuerza de la manipulación y la violencia, sin dejar participar realmente a su pueblo, aún cuando predique supuestos principios democráticos. Si el político alcanza el poder, ejercerá su gobierno bajo el imperio del respeto de los derechos humanos, mientras que el demagogo siempre gobernará prohibiendo y reprimiendo la libertad de expresión y, falazmente evocará el apoyo del populismo para atropellar el ejercicio de los Derechos Humanos. Mientras el político tendrá una tolerancia para las discrepancias ideológicas, el demagogo será dogmático y absolutista. Nadie más que él será portador del conocimiento cierto de qué es lo que le conviene o no a su pueblo. El político siempre planificará con miras a proporcionar a las mayorías lo que las minorías han logrado, sin privar a las minorías el ejercicio justo de todos sus derechos universales. El demagogo, en su incapacidad de promover el desarrollo y la prosperidad de las mayorías, buscará el desquite y la apropiación indebida del patrimonio de las minorías, para saciar la venganza de los menos favorecidos, al mismo tiempo que fortalecer el contubernio con la complicidad de los carenciados. La demagogia es madre espiritual del populismo anárquico, porque engendra la codicia del poder destruyendo el ordenamiento jurídico, la justicia, los Derechos Humanos y las libertades de la sociedad. La demagogia en su etapa inicial será aliada de los anarquistas, pero al cimentar su poder, conscientes del peligro que representan sus camaradas, tratará de eliminarlos de la connivencia con sus esbirros. Si antes la demagogia -y los demagogos- sólo disponían de la violencia y la vulgar falsía de sus promesas, hoy, con la instrucción de las masas, ha evolucionado hasta lograr crear sofismas doctrinales, que con el uso de la “demagogia filosófica” han venido confundiendo el razonamiento del pueblo y con utópicas promesas han conquistado sus ingenuas consciencias hasta apoderarse del poder. Ante esta caótica situación de nuestro mundo corresponde a los ciudadanos el derecho y la posibilidad de modificar el curso de los acontecimientos. Para ello es imprescindible que se cultiven los valores del civismo patrio, porque los gobernantes y ciudadanos deben dejar su legado a las generaciones venideras de un pasado ético que los dignifique y no un lastre delictivo que los avergüence.
EL ESTADO-PUEBLO Y EL ESTADO-GOBIERNO El signo de la dualidad universal de los valores ha impreso su sello indeleble en los sucesos e ideales de la humanidad. La diacronía del proceso político, de las relaciones del pueblo y sus gobernantes nos demuestra cómo después de haber superado el absolutismo de los reyes, con luchas sociales y grandes derramamientos de sangre que concedieron a los pueblos la conquista del derecho de elegir a quien debía gobernarlos y de participar en la dación de las leyes, esto modificó aquella frase de “El Estado soy yo” por la de “El Estado es la voluntad del pueblo” y consolidó las bases ideológicas de la democracia en el consenso de los pueblos. Es difícil describir y especificar el rodaje de los acontecimientos históricos que van repitiéndose como en la simbología de la rueda de la vida eterna. Lo cierto es que viejas taras políticas emergen nuevamente en el presente con tan disimuladas máscaras que los confiados ciudadanos del mundo no hemos advertido que hoy como antaño el espectro opresor se cierne en la vida de los pueblos. El Estado como voluntad del pueblo no ha dejado de ser más que un ideal democrático que muy pocos pueblos lo practican. Paralelamente al concepto del Estado como voluntad popular surge en la práctica -en oposición a lo idealizado- la realidad del “Estado-gobierno” que, mediante dudosas elecciones, logra el goce legislativo para servir más a sus intereses proselitistas que al justo interés de la ciudadanía. El Estado-gobierno, sintetizado generalmente en la doctrina partidista que ascendió al poder, asume para sí todas las prerrogativas decisivas del poder legislativo y ejecutivo, haciendo declinar la soberanía del pueblo, al cual se supone representa y a quien debe correspondencia de decisión. Este sutil y complicado fenómeno político suele suceder cuando en las democracias representativas se obtiene la mayoría parlamentaria para el partido triunfador. En los gobiernos no democráticos tal prerrogativa se constituye de hecho en el momento de la toma del poder. Debido a las complejas situaciones y circunstancias de la sociedad es discutible determinar cuál es el tipo de gobierno que en realidad pueda convenir a los pueblos para lograr las metas de superación social. El ideal democrático es incuestionablemente el más aconsejable. De todas maneras, sea cual fuese el tipo de gobierno imperante, concediendo de buena fe la idea de que tal gobierno efectivamente quiere servir al pueblo reivindicando los atropellados derechos de las mayorías y las injustas condiciones socio-económicas, cabe debatir, en bien de las consecuencias futuras, si el incremento de la tasa contribucionista del pueblo hacia las rentas estatales, a medida que disminuyen las labores empresariales y autogestionarias del pueblo, es positivo o negativo para el país. Es decir, si el estado expropia todas aquellas fuentes que representan el incremento del capital privado de los ciudadanos, a la vez que aumenta las tasas tributarias de la ciudadanía, ¿cómo podrá este despojado sector privado corresponder a dichas exigencias tributarias? Lo lógico sería que la tributación aumentase -correlativamente- con una mayor disponibilidad de fuentes de autogestión laboral como empresarial a favor del sector privado, correspondiendo al estado tan sólo administrar lo recaudado por las contribuciones públicas. En su defecto, lo lógico sería que en la misma medida que el Estado expropia y estatiza las fuentes de producción económica del país, se reduzca la tasa tributaria en proporción directa a la escasez de fuentes de riqueza privada. Esto sería lo lógico, pero es por todos conocido que el escandaloso aumento de la burocracia administrativa es la que dificulta la consecución de tan efectiva meta administrativa. El nepotismo de los demagogos es la causa constante de que la burocracia se convierta en una innecesaria carga tributaria para los sectores productores de riqueza empresarial. Es imposible que el estado pueda distribuir los derechos económicos de un pueblo cuyo sector productivo representa cuando mucho el 25% de su población, mientras que la administración burocrática -improductiva- es más del 50%. Ante estas realidades de la problemática de nuestros pueblos surgen inevitables cuestionamientos: ¿Los Estados gobiernan en realidad en bien del pueblo?... ¿Habrá posibilidad de que la libertad, el progreso y la paz puedan existir cuando los gobiernos, en su voracidad tributaria, se constituyen inconscientemente en las fuerzas opresoras del pueblo?... ¿Habrá creado el humano -la institución estado- para oprimirse así mismo? Ante la angustiosa situación, los humanos, los partidos políticos y los ideólogos han reaccionado como fieras heridas ante todo cuanto podría considerarse la causal de todos los males. En los pueblos pobres y menos favorecidos se arremetió contra el sistema capitalista en la convicción de que ahí radica el punto gangrenoso. En los pueblos super-desarrollados que practican este sistema, existen problemas semejantes que no pueden ser atribuidos al sistema exclusivamente. Lo cierto es que todos los humanos del mundo imbuidos del humanismo y del socialismo comprenden que es necesario dar mayores participaciones a las mayorías. Es posible que detrás de todos estos ideales estén fluyendo como canales de regadío los ideales anárquicos y demagógicos que ven en la oportunidad de la encrucijada histórica un medio más de hacerse al poder económico. No pueden interpretarse de otro modo el hecho de que por ejemplo ante las instituciones Bancarias del mundo se estén gestando los deseos ambiciosos de estatizarlos, expropiarlos o transferirlos a sus trabajadores. Es incuestionable la realidad de que el capitalismo tiene por base estructural a los bancos, antes que a las industrias, al comercio o a otras clases. Nadie ignora que tanto el comercio como la industria están regidos y controlados por la “política bancaria” (los procedimientos bancarios). Nadie ignora tampoco que el estado vigila y reglamenta las actividades bancarias mediante la superintendencia bancaria. En consecuencia, es el estado uno de los pilares que complementado con los bancos y los grandes banqueros constituye el trípode macabro que sojuzga y esclaviza a la sociedad con su consecuente sistema capitalista. No estamos en contra del ideal de que la sociedad sea capitalista. Estamos en contra de que el capitalismo esté en manos de unos pocos que esclavizan a las mayorías. Tampoco debemos estar de acuerdo con que los bancos pasen a propiedad del estado, ni a propiedad de sus trabajadores, porque con esto sólo habremos cambiado el nombre de los opresores. Es indispensable que comprendamos que la única forma en que el sistema capitalista puede estar al servicio exclusivo de las masas es concediendo a todos los cuenta-correntistas y a todos los cuenta-ahorristas el derecho indiscutible de ser los socios accionistas del sistema bancario, porque después de todo es con el dinero de ellos que los bancos trabajan. Es a costa de ellos que obtienen sus pingues ganancias. Son ellos, los correntistas y los ahorristas, las primeras y principales víctimas de la represión a la gestión empresarial; porque sin la oportuna, efectiva y amplia ayuda del banco a sus correntistas, no podrá otorgarse al pueblo la capacidad autogestionaria que es necesaria para la superación de nuestros males. Corresponde a los políticos y a los demagogos buscar la solución a tan crítica situación que viven los pueblos. A los políticos porque sabemos que la naturaleza humanista de sus personalidades deben responder a las necesidades públicas. Y corresponde también a los demagogos esta incuestionable responsabilidad porque de no procurar la solución de estos problemas habrán de sentir la desagradable experiencia del célebre granjero de “la gallinita de los huevos de oro”. Muchos humanistas pero ofuscados gobernantes del mundo, imbuidos de las técnicas estadísticas y tecnológicas, dictan leyes que satisfagan las inquietudes de las mayorías, sin comprender con claridad que una masa social sin una instrucción y culturización adecuada no podrá responder a las metas trazadas porque solo buscarán el tortuoso camino vindicativo de las ambiciones y las pasiones. Muchas veces por tratar de hacer un bien suele estarse haciendo un mal al pueblo y a la sociedad en general. El gobernante de un país (entiéndase por gobernante a todo el gobierno en sí) puede ser para su pueblo tres cosas: Un padre, un padrastro o un padrino. Si es un padre, no hará distingos entre sus hijos. Como buen padre ejercerá su protección justiciera tratando de armonizar la convivencia del hogar patrio, repartiendo los derechos de acuerdo con las capacidades y las responsabilidades demostradas por cada hijo, en el afán de preservar la unidad, el progreso y la paz de la familia nacional. Si es padrastro, actuará con saña contra aquellos que no son de su sangre y en cambio será generoso con aquellos que considera suyos a capricho y voluntad, originando la inestabilidad, la desarmonía y el odio fraternal de la familia nacional, que a la postre, cansados del mal padrastro, cobrarán el daño recibido por su propia mano u abandonarán el lar patrio para no volver jamás. Si es padrino, se rodeará de todos sus ahijados reconocidos, y, a puerta cerrada, usufructuará de los bienes del hogar patrio hasta agotarlos en la alegre y nepótica compañía de sus preferidos ante la hambrienta presencia de los no bautizados. Al final triunfará la codicia de los marginados que violentarán el santuario de la francachela con la vigencia de sus propias normas. Esta trascendental circunstancia de la vinculación de parentescos familiares depende de la voluntad de los ciudadanos por aspirar a la vida constitucional de la libertad democrática, pues este sistema es el único que le permitirá cambiar de padrastros y padrinos hasta lograr conseguir los padres de la nación. El civismo contiene todas las enseñanzas para que los hermanos conciudadanos de un pueblo aprendan a mantenerse unidos, siempre unidos, sin permitir jamás que nadie rompa esa unidad con cizañas, odios y malevolencias que sólo conducen a la lucha fratricida que no es más que la caída en el abismo de las pasiones políticas. El hecho de tener diferencias de criterios políticos no debe ser jamás causa de discordias entre los hermanos conciudadanos. Porque si esto sucede serán fácilmente sojuzgados y oprimidos por los demagogos o políticos que aprovecharán la mar revuelta de dichas pasiones. Es cierto que hay atropellos de unos para otros. Es cierto también que hay explotación de unos por otros. Pero, dentro del libre ejercicio de la oferta y la demanda del rendimiento laboral, se ha definido acaso en todas las circunstancias ¿quién explota a quien? Todos conocemos que hay humanos cuyo rendimiento laboral es superior a la remuneración que reciben y por lo tanto, es indispensable que se reconozca el justiprecio de su trabajo, a la vez que se determina una mejor distribución de los derechos a la riqueza por igual. De no ser así, indiscutiblemente se estará explotando a este trabajador. También es cierto que existen por igual -quizá en unos pueblos más que en otros- humanos irresponsables, desidiosos, perezosos, vividores y aprovechadores, cuyo trabajo es de tan bajo rendimiento que proporcionándoles trabajo por la sola comida, sin sueldo alguno, resultan estar explotando a la empresa o al patrono que los contrató. Este tipo de humanos son conformistas o son inconformistas. Si son conformistas jamás reclamarán porque tienen conciencia de que por la sola comida están bien remunerados. Si son inconformistas, en su codicia de usufructuar de los derechos justos de quienes sí merecen el justiprecio de su rendimiento, astutamente argumentarán los principios anarquistas de que “la dignidad humana” exige la distribución de los derechos y las riquezas por igual, sin tener en realidad dignidad humana para avergonzarse de su delictivo aprovechamiento de cualidades positivas que no le pertenecen. Argumentará que todo trabajo es capital, porque no es capaz de comprender que si bien es cierto que todo trabajo bien hecho y rápidamente ejecutado es capital; es también cierto que, un trabajo mal hecho u morosamente ejecutado no solamente no es capital sino que a más de ser la quiebra y destrucción del capital, es un vil pago a quien le proporcionó trabajo. Estas lacras laborales de la sociedad son en gran parte las causantes del atropello y la explotación que sufren sus compañeros diligentes y responsables, porque los patrones juzgarán por igual a todos desmereciendo el justo derecho de unos por culpa de los otros. La vigencia siempre actual del viejo lema incaico: “Ama sua, Ama kella, Ama llulla”... (‘No robes, no seas ocioso, no mientas’) es hoy como ayer la determinante que explica en la balanza ética del civismo, las causas preponderantes de la problemática de nuestros pueblos. Hay quienes sienten orgullo y cierto sentimiento de grandeza cuando se cita este lema incaico. Al parecer existe una gran confusión en la interpretación de las razones que existieron para que tal lema se constituyese en uno de los más propagados del imperio incaico. Una enseñanza o un lema de objetivos cívicos o morales sólo puede tener un fin específico, y es, concretamente, tratar de erradicar los males que se censuran con tanta persistencia. “Ama sua, Ama kella y Ama llulla” no son más que los grandes males que los dirigentes han tratado de eliminar de entre la idiosincrasia de nuestros pueblos. La vigencia de este lema es de por sí la demostración de que hoy como ayer siguen siendo estos vicios la causa de nuestro principal problema social. Todos los intentos moralizadores que se han efectuado con el fin de arrancar estas delictivas características del temperamento de nuestros pueblos han sido insuficientes, porque lamentablemente la propagación de estos vicios ha pervertido a las autoridades y hasta a los dirigentes políticos de la sociedad. La superación de la problemática de nuestra sociedad no podrá lograrse mientras imperan estas taras instintivas. La indiferencia cultural ha propagado estas taras y se han diversificado hasta las más inverosímiles formas de contubernio, que complementadas con la anarquía y la demagogia han originado sutiles argumentos jurídicos y filosóficos que no buscan otra cosa distinta a las ya reconocidas históricamente. Hermanos Septriónicos, cuando escuchemos o veamos por algún sitio éste lema “Ama sua, Ama kella, Ama llulla”, avergoncémonos, porque cual perverso destino social, ése es el estigma con que nos marcaron los Incas. Es un reto que tenemos para con las juventudes del futuro, porque debemos laborar para que en un mañana las generaciones venideras puedan con orgullo decir: ¡Hubo una época que a nuestro pueblo se le impuso este denigrante lema pero hoy, gracias a la superación de nuestros valores, este lema ha sido desterrado de nuestro comportamiento porque ya no existe en nosotros estas negatividades! Es innegable que existen malos patrones. Pero a éstos, no se les podrá eliminar mientras existan los malos trabajadores, porque las actitudes punibles de unos exculparán las irresponsabilidades de los otros. Si es que se quiere modificar estos hábitos negativos, es necesario que se instruya y eduque por igual a toda la población, con los mismos hábitos positivos de la honestidad, la diligencia y la veracidad en el cumplimiento de sus deberes. Confusos pensadores han utilizado el concepto “sociedad” como un argumento fundamental de sus proyectos sociales. Si bien es cierto que el concepto sociedad concibe a la colectividad como una cuantificación representativa de la población humana, es también cierto que este concepto carece de idoneidad para diferenciar, cualificar y calificar la diversidad de las condiciones humanas que constituyen una colectividad. La sociedad esencialmente es el conjunto de familias y pueblos que conforman una nación, un continente o un planeta. Con planificar el desarrollo y el progreso de un abstracto criterio de sociedad, no se habrá beneficiado ni a las familias ni a los pueblos, sino más bien a una burocrática dirigencia intelectual que desea vivir a costa de los presupuestos del Estado. Esta argucia conceptual no ha sido más que otra de las múltiples facetas del anarquismo de nuestra época, que ha tratado de desarticular la verdadera unidad de la sociedad llevándola a la confusión que -en la práctica- determina el beneficio económico de los grupos dirigentes de la política anarquista, antes que a la familia, y por ende, a la sociedad. La única y absoluta unidad esquemática de todo plan ideológico es y debe ser la familia, y por derivación será la colectividad en conjunto. Con sólo planificar el desarrollo y el progreso de la unidad familiar -en sus diversos niveles problemáticos- se habrá planificado automáticamente el progreso de todo el pueblo y de la nación. Es indispensable que los ciudadanos comprendamos que el fortalecimiento de nuestros vínculos cívicos y políticos dependen más de la cohesión de los padres e hijos, unidos por la consanguinidad familiar, pues estos sentimientos son los únicos capaces de ser simientes de los valores cívicos ante la madre patria. La soberanía de un pueblo depende de la unidad de la familia nacional. Sumando un individuo más los demás coterráneos constituimos nuestras sociedades. Sumando las sociedades de nuestras patrias conformamos la humanidad. Por más que intentemos dividir a la humanidad y a nuestras sociedades, es imposible identificar las causas individuales de la problemática de nuestros congéneres, por eso, es un craso error formular soluciones sociales para resolver los problemas del subdesarrollo de nuestros pueblos.
LOS DERECHOS HUMANOS Si realmente queremos contribuir al logro de nuestros idearios sociales, debemos proteger siempre el respeto de los Derechos Humanos, porque sin el ejercicio pleno de nuestras libertades nadie podrá garantizarnos la vigencia de nuestros derechos individuales. Callar por temor, venganza pública o por conveniencias personales es promover el retorno a ese ignominioso pasado de la esclavitud. Sólo el ejercicio auténtico de una democracia participativa en el gobierno de nuestras naciones permitirá la realización de nuestros derechos sociales. El ejercicio de las democracias representativas, a pesar de estar inspirados en la intención de garantizar los Derechos Humanos de la sociedad, ha devenido en la inevitable disensión de opiniones y proyectos sociales. La lucha por el poder político ha enfrentado siempre a los adversarios en la pugna electoral. El triunfo obnubila el entendimiento de los ganadores y éstos suponen que al ganar las elecciones, ganan también la exclusividad del ejercicio caprichoso de las prerrogativas del poder, y, errada y antidemocráticamente, concluyen que ¡Los perdedores deben dejarse dominar y atropellar por los ganadores! Los gobernantes despóticamente ignoran y desdeñan el justo derecho de la oposición perdedora y gobiernan sólo para compensar a sus correligionarios. Los politicastros tiranizan con el poder, violando la equidad que por principio democrático debe inspirar la administración pública, atropellando el justo derecho de los perdedores. Los perdedores, carentes de los razonamientos adecuados, se unen para hacer un frente de absurda oposición que no tiene otra finalidad que proteger sus justos derechos e intereses, pero, equivocadamente alimentan los resentimientos antidemocráticos para subvertir el orden establecido y derrocar a sus odiados adversarios. Estas políticas, a pesar de inspirarse en los fundamentos básicos de los derechos humanos, se efectúan -sin embargo- con inexplicables contradicciones que desconciertan a la razón y al entendimiento de la ciudadanía. Ideólogos, políticos, demagogos y humanos en general sienten la necesidad de compartir con los pueblos más avanzados los mismos privilegios y comodidades que la civilización y el progreso tecnológico han aportado a esos pueblos. Hay en ese noble y sublime ideal una infausta circunstancia que obstaculiza la realización de la misma, y es que para integrarse participativamente hay que estar en igualdad de capacidades generales. No puede obtenerse una meta desconociendo los procedimientos para lograrla. No puede conquistarse un objetivo sin estar capacitados para el éxito. Nuestras aspiraciones son justas, pero debemos prepararnos primero ampliamente para poder lograr tales intentos. La preparación amplia exige el ejercicio ilimitado de los derechos del humano en general. No de unos más que otros. Nadie puede considerarse el absoluto portador del conocimiento de lo que es más conveniente o no para el logro de nuestras metas. Por lo mismo, es incuestionable la necesidad de que todos participen por igual, tal como los derechos del humano lo exigen, sin más diferencias que la que sus virtudes y talentos establecen. La humanidad vive una especie de psicosis humanista. Por doquier se percibe una vehemente reclamación de igualdad de los derechos humanos, “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros...” La libertad ha sido muchas veces la antorcha luminosa que encegueció el justo razonamiento de los ciudadanos, llegando en su encandilamiento hasta el libertinaje y el atropello del derecho de sus conciudadanos. Por eso debéis comprender que la libertad es la potestad del discernimiento que el humano posee para desechar lo inconveniente y escoger libremente aquello que le conviene, dentro del libre ejercicio del respeto del derecho ajeno. Porque es en ese respeto de lo ajeno que se sustentará el suyo propio. Aquel que no respeta el derecho de los demás ¿cómo podrá exigir después que se respete el suyo?... Por eso siempre debéis impedir que la libertad sea aquella confusa consigna que esclaviza a la humanidad en una cruenta lucha fratricida. Debéis evitar que en su nombre se sojuzgue a otros injustamente, porque tarde o temprano vosotros mismos seréis las víctimas de este libertinaje. Todos los valores son relativos y toda libertad es relativa, pues la obtención de cualquier meta libertaria conlleva la imposición de drásticas obligaciones que, al practicarlas, habrán declinado la operancia de la libertad misma. Todo sistema político es relativo en cuanto a sus beneficios generales, por cuanto mientras beneficia a unos perjudica a otros. Todo sistema político es temporal y, por lo mismo, hay que considerarlo válido tan sólo para una etapa de transformación evolutiva de una condición socio-política a otra. No debe existir entre los conciudadanos el fanatismo partidista, porque ningún sistema político es único, ni sus programas son propiedad exclusiva de su partido, pudiendo ser aplicadas las ideas positivas de un partido en el gobierno de otro. El fanatismo nos impide ver con claridad cuáles son los programas positivos y/o negativos para la ciudadanía. Por eso debemos mantener una prudencial actitud participativa en la política de tal manera que nos permita apoyar siempre lo positivo de todos los partidos, a la vez que repudiar lo negativo que cada uno de ellos pudiese tener. Los Septriónicos debemos ser conscientes de la realidad oponente de los valores humanos y debemos comprender que la verdadera libertad es el respeto de la voluntad de las mayorías pero siempre sin atentar contra los supremos derechos de las minorías. ... “Toda persona tiene derecho a la propiedad individual y colectivamente...”...”nadie será privado arbitrariamente de su propiedad...”...”todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión...” Ante cualquier atropello que los sectores del poder quieran efectuar para oprimir a los disidentes, el Estado posee los recursos económicos y jurídicos necesarios para equilibrar el derecho de las minorías con el de las mayorías. El Estado es y debe ser la voluntad de los pueblos. Es el poder llamado a promover la igualdad de las oportunidades para todos los sectores ciudadanos. Para que esto sea posible es indispensable que el Estado no tenga complicidad con ningún sector, sino que debe inspirarse en la equidad de los derechos sin atentar contra la libertad ni la igualdad de posibilidades para administrar los bienes y los intereses de todos por igual, sin coludirse a ninguno en particular, porque su justicia dejaría de impartirse por igual. La procesatoria y el usufructo de los derechos exigen un amplio conocimiento de los mismos. Para ello es necesario promover la divulgación de todas las opiniones de la problemática imperante. Todos los ciudadanos tienen el derecho de la libre expresión de sus opiniones y problemas. Es cierto que mientras las minorías dispusieron siempre de los medios de expresión al servicio exclusivo de sus intereses políticos; las mayorías jamás gozaron del usufructo este derecho de libre expresión. Algo semejante sucedió en el pasado con el derecho de la enseñanza y la educación. Por falta de recursos económicos, las mayorías no podían educar a sus hijos. Fue entonces cuando el Estado comprendiendo la elevada y justiciera misión que le correspondía dispuso y apropió las partidas presupuestales necesarias para que las mayorías tuviesen gratuidad de la enseñanza. Esta misma actitud es la que por lógica misión corresponde efectuar al Estado para solucionar el caso de la marginación expresiva de las mayorías menos favorecidas. Así como no se privó a los pudientes del derecho de tener sus escuelas particulares, sino que antes por el contrario se incrementó la enseñanza con la creación de las escuelas gratuitas para los no pudientes, así mismo debería crearse medios publicitarios que, subvencionados por el estado aseguren el derecho popular de las mayorías para acceder a la libre expresión de sus problemas en diarios, revistas y en todos los medios de comunicación moderna, sin que sea necesario privar a las minorías de sus sagrados derechos de propiedad y de libre expresión. De no actuar con esta ética principista, no habrá argumentos ni razonamientos justificatorios que convenzan a la ciudadanía de que, al atentar contra la propiedad y la libertad de expresión de las minorías, no se esté actuando con sentimientos de odio, venganza y atropellos desmedidos. “...La Ley debe ser la misma para todos sea que proteja, sea que castigue, siendo todos los ciudadanos iguales a sus ojos son igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según su capacidad y sin otra distinción que la de sus virtudes y talentos...” La igualdad de los ciudadanos ante la ley está claramente especificada en esta norma jurídica universal que determina el derecho político de los ciudadanos. Hay quienes ignorantemente y también quienes con premeditadas intenciones anárquicas pretenden establecer que el derecho de igualdad de los ciudadanos establece por sí mismo la igualdad del humano en todas sus dimensiones contractuales. Así, sostienen que si usted tiene un carro ese carro pertenece por igual a cualquiera que lo desee por el solo hecho de desearlo y suponer que tiene igualdad de derechos a la propiedad del bien común. Esta tendencia a la apropiación ilícita de los bienes ajenos lamentablemente se ha propagado mal intencionadamente en muchos sectores populares. El derecho universal dice claramente...”según su capacidad y sin otra distinción que la de sus virtudes y talentos...” es decir, que en la misma forma en que un estudiante universitario no es doctor por el solo hecho de estar en la Universidad, sino que este derecho es privativo de los esfuerzos intelectuales que él haga para llegar a obtener el doctorado, así en esa misma medida, los derechos de igualdad social, económico y cultural de los ciudadanos no son un derecho innato sino un derecho privativo sujeto a la posibilidad de igualdad de capacidades, virtudes talentos. La igualdad no es posible ejercitarla bajo el imperio del libertinaje de criterios porque en la mayoría de los casos obedecen a deseos vengativos o a resentimientos sociales engendrados por malas interpretaciones de sus circunstancias existenciales. La codicia es un deseo negativo que impera tanto en los pobres como en los ricos. Si se permitiese el libertino ejercicio de ese tergiversado sentido del derecho de igualdad, nadie podría saciar la sed de riquezas de los ambiciosos y codiciosos e inconformistas, ni de los avaros ricos o pobres. Es indispensable comprender que para ejercer el derecho de igualdad de posibilidades es necesario poseer las habilidades de cada capacidad y cualidad humana. Así en lo económico debemos conocer todo el arte de la economía para llegar a poseer iguales riquezas que los ricos. En lo político, por lo mismo, es conveniente conocer por lo menos, las enseñanzas de un Maquiavelo. En lo cultural no basta decir con resentido despecho: “ese se cree más que nosotros porque sabe hablar bien”. Es indispensable aprender todo lo que es necesario para saber hablar bien, pues todas estas artes no son producto del azar, sino del esfuerzo de estudios y del dominio del idioma que se utiliza. Para cada superior condición social humana, existe todo un proceso de evolución que sólo con estudios y prácticas disciplinarias puede el humano llegar a dominarlas a perfección. Es este el verdadero sentido del parágrafo “según su capacidad y sin otra distinción que la de sus virtudes y talentos”. Ejercitad pues el derecho de igualdad de posibilidades que la ley la cultura y la ética te proporcionan. Pero ejercitadla de tal manera que al ennoblecer tu personalidad ennoblezcas también a tus familiares y a tu patria.
...”Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, a menos en lo concerniente a la educación elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria...”... “La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento de los derechos humanos y a la libertad fundamental; ...”Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos...”
La ignorancia es la madre de todas las formas de esclavitud. Es por esta realidad universal que el derecho a la educción se constituye en el primordial y más elevado derecho del ser humano. Porque del ejercicio pleno del mismo, dependen substancial y fundamentalmente la posibilidad de practicar los demás derechos inherentes a la naturaleza humana. La política de los pueblos ha reconocido y aplicado esta sapientísima realidad del derecho universal del humano. Todos los humanos tienen garantizada la gratuidad de la instrucción elemental y fundamental. La autonomía gestionaria y el progreso de los humanos y de los pueblos dependen -incuestionablemente- de la erradicación de la ignorancia, del analfabetismo y de todos los hábitos negativos. Pero está completamente demostrado por la historia que la alfabetización de un pueblo sin el complemento de una instrucción racionalista -capaz de hacer comprender con claridad, profundidad y sencillez las consecuencias que ocasionará cada proposición ideo-política y cada sutil maniobra de los partidos en pugna- no tendrá esta pre-claridad, por lo que la alfabetización e instrucción incompleta sólo servirá para que se incremente en la sociedad un mayor número de ciudadanos que serán fácil víctimas de la demagogia imperante. Por eso sostenemos que con la aplicación inconsecuente de este derecho de instrucción gratuita, no se ha conjurado aún el peligro de las tenebrosas sombras de las diversificadas facetas de la esclavitud. El monstruo tradicional de la opresión del humano para el humano, ahora más que nunca, ha logrado emplear su demoníaca hegemonía en las conciencias de la humanidad, sembrando masivamente el sutil virus de la “anarquía de los valores universales”. Ha utilizado descarada y abusivamente precisamente aquel instrumento educacional que aspiraba a libertar al humano. Conocer las verdades es adquirir la luz de la libertad y el ignorarlas es sucumbir en las tinieblas del anarquismo universal. Es tiempo, pues, hermanos que los humanos conozcamos y desenmascaremos al disfrazado malhechor que se hace pasar por el bienhechor del humano. Es necesario que el humano comprenda que si en una época fue la espada del tirano la que esclavizó a sus semejantes, hoy en el presente no son solamente las armas y las venenosas palabras las que nos pueden esclavizar, sino que en muchísimos lugares del mundo es la educación gratuita el sistema más astuto y eficaz para colocarnos silenciosa y alegremente los grilletes de la dependencia, del robotismo, y de la esclavitud ideológica. Los partidos políticos pugnan por llegar al poder, y obtener la misma autonomía para prefabricar el sistema educativo que habrá de transformar en sonámbulos intelectuales a nuestras infantiles e ingenuas generaciones. Los padres de familia enceguecidos por la acomodaticia gratuidad de la enseñanza, muchas veces, sin más alegría que el goce que podrán experimentar con la economía del presupuesto escolar de sus hijos, han entregado la vida, la conciencia y la dignidad de los suyos a sistemas políticos que con el financiamiento gratuito de la educación estaban también comprando las mentes que más tarde servirán como mercenarios a sus intereses partidistas. Trágica realidad holocáustica que ha llevado a la civilización y a la cultura de nuestra época a ser esclavos intelectuales del anarquismo universal. Los ciudadanos del mundo y los maestros en especial deben comprender el gravísimo peligro de tan nefasta situación de las juventudes. Los políticos honestos y los dirigentes espirituales del mundo deben contribuir a la destrucción de esta polifacética realidad del negativismo satánico de la opresión. Es imprescindible que se comprenda que si bien es cierto que la educación gratuita es un derecho fundamental del humano, ésta no debe estar bajo el control político de los gobiernos de turno. Los padres tienen el derecho indiscutible de elegir el tipo de educación que deseen para sus hijos. Los ciudadanos financian, sostienen y mantienen a los gobiernos con sus contribuciones tributarias, por lo tanto tienen el derecho de imponer a sus servidores el tipo de obligaciones que crean conveniente para el bien de los suyos. El Estado y los gobiernos tienen la obligación de otorgar las partidas presupuestales de la educación que la ciudadanía necesita, pero no debe jamás concedérseles el derecho extralimitado de injerencia en la educación de nuestras juventudes, salvo en aquellas actividades, materias, ciencias o tecnologías que sean necesarias para el fortalecimiento de la conciencia cívica, para el incremento de los beneficios por igual de todos los ciudadanos, así como para la autonomía gestionaria que nos proporcione el progreso, la paz, la grandeza de nuestros pueblos. De no llegar a conseguir esta meta (el evidente derecho supremo de los padres por definir el tipo de educación que desean dar a sus hijos), seguiremos contribuyendo con nuestra complicidad e indiferencia al robustecimiento de la real bestia apocalíptica que dominará aún más al mundo. Hay pues hermanos tantas cosas que son necesarias para que el humano sea realmente libre, tan libre que pueda llegar a sentirse volar con el pensamiento y con las alas jurídicas de sus derechos hasta las regiones luminosas de la espiritualidad, que estas reflexiones son insuficientes para llegar a conquistar dicho ideal, pero, convencidos de que a dios no podremos servirlo en este mundo sin servir al humano que es su representación máxima, hemos querido compartir con todos ustedes nuestras ideas, de tal manera que unidos como un solo pensamiento renovemos con bríos nuestra unidad espiritual para enfrentar a la natural adversidad, enemiga inseparable de quienes buscan el bien de sus semejantes.
Fraternalmente Hermano Claudio Lima 21 de Septiembre de 1974
[1] Ver: Ponencia presentada al Primer Seminario Regional del Petróleo. Sin regionalismo no hay Nacionalismo, en el que afirma: Ser regionalista es ser nacionalista porque la nacionalidad fortifica y exalta su civismo en al amor al terruño y a la región. El que NO es Regionalista NO ES nacionalista. [2] La perversidad de los dueños de “Lorevita” provocó el “vomito negro” de dieciocho mil aves de engorde de la Granja del Brahamasterio. En una semana se tuvo que enterrar todas las aves envenenadas. [3] Filialidad: “Esa luz que nos hizo comprender que todos somos hijos de Vuestra potencia, hermanos en la carne y en el espíritu, sin distingos de credos, de razas ni de condiciones sociales ni económicas”. Shikry Gama a Brahama. Pucallpa, Admonición 24/06/98. [4] Desde principios de la década del setenta, el Centro Cultural Filosófico Brahamánico-Lamaísta (Septrionismo) presidido por su Director Fundador tuvo una persistente participación crítica del gobierno militar del general Juan Velasco Alvarado. Por entonces el sindicato único de trabadores de educación (SUTE) del departamento de Loreto, solicitó la asesoría del Director-Fundador del Centro Cultural. [5] ´Cogo-fámicos’ son aquellos que, dependiendo de un trabajo público adquirido por favores políticos, al producirse el cambio del sistema imperante, por comodismo, por necesidad o por temor de perder su prebenda, aceptan o aparentan aceptar el nuevo mandato, pese a que íntimamente no compartan sus ideales ni sus metas. (Shikry Gama) [6] ‘Fami-partidistas’ son aquellos que hipócritamente profesan la doctrina de un gobierno por dudosas conveniencias particulares, por hambre y desocupación, con el sólo objetivo de conseguir prebendas y posiciones públicas. Los políticos y los demagogos auspician la aparición de esta clase de ciudadanos tránsfugas por la acuciosa necesidad de un respaldo masivo, que les permita deslumbrar y seducir a sus opositores, a la vez que asegurar el apoyo popular, sin comprender claramente que a la larga estos serán sus verdugos. [7] Oponencia: Las contradicciones no son más que el complemento de los opuestos conceptuales. Shikry Gama
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