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Inteligencia Social IV

“La equivocada creencia en la unicidad de la inteligencia ha generado individuos soberbios que se creen superiores a sus semejantes, generando toda clase de alteraciones y síndromes que hace que las inteligencias se fanaticen, induciendo en los humanos el menosprecio y la incomprensión  de sus semejantes, el reproche, la censura, el repudio y los conflictos que muchas veces terminan en desavenencias, en desamor, en odios y ofensas y en ese doloroso círculo de las esquizofrenias querellantes y las paranoias que agobian a la humanidad en todos sus estratos, y que son resultado de esta equivocada creencia.” (S.G., La inteligencia social, ítem 5)

Qué difícil es liberarse de estas actitudes, más aún cuando estamos firmemente convencidos que tenemos la razón. Lo que olvidamos es que aún si tuviéramos toda la razón del mundo, ésta nunca podrá justificar la falta de consideración y amabilidad que atropella el respeto que se merecen los demás, aún si ésta fuera la única forma en que hemos aprendido expresarnos; porque nadie duda que somos lo que somos. Pero también es cierto que “el “humano” puede modificar su conducta, por conveniencia, y dejar de ser lo que es, para lograr sus idearios en sus relaciones interpersonales”. (S.G., El ser auténtico, ítem 4.4)

En realidad estas actitudes agresivas son –como el fundador siempre lo dice- actitudes de defensa. Para sobreponernos a los adversarios -en ciertas circunstancias- es necesario ser agrelusivos para sentar precedentes en la lucha por nuestra supervivencia, pero en la convivencia fraternal o entre personas que se quieren es muy negativo reprochar a quienes sólo requieren del diálogo para superar nuestros desentendimientos.

Es indispensable aprender a desarrollar una inteligencia social para hacernos “merecedores del respeto, la cortesía, la admiración y las consideraciones de urbanidad, que hagan más armoniosa nuestras relaciones con nuestros semejantes.
Si queremos respeto y consideración; si queremos ser tratados en forma ideal, debemos tratar a los demás de la misma forma que nosotros quisiéramos ser tratados. (Charla sobre “El Respeto”)

Sólo recibimos lo que damos” Si agradamos a los demás, recibiremos lo mismo. Pero si siempre enrostramos sucesos desagradables y echamos en cara aquello que habíamos esperado y que no resultó –cada vez que nos den la oportunidad- ¿cómo podemos esperar relaciones armoniosas? Si siempre tratamos de refutar lo que otros dicen, creyendo que sólo nosotros tenemos la razón, y encima –aún cuando sea involuntariamente- menospreciamos y faltamos el respeto a los demás, ¿Cómo merecer las consideraciones y el aprecio de los demás?.
Somos conscientes que toda confrontación de ideas o de intereses termina por ofuscar nuestro entendimiento y comportamiento. Es doloroso descubrir nuestros errores, pero es mucho más deshonroso reaccionar con despecho ante estas circunstancias porque nos induce al extremo opuesto de las actitudes admirables y terminamos repudiando y siendo indiferentes ante nuestros seres queridos.

El fundador siempre nos muestra ejemplarmente como debemos comportarnos. Infinidad de veces ha sido y sigue siendo condescendiente con nuestras fallas. Siempre mantiene la paciencia, a pesar que las personas le han fallado y decepcionado infinidad de veces. Nunca ha dejado de tener esperanza en nuestra superación. Y las veces que requerimos de su ayuda, si admitimos nuestros errores, nos ayudará siempre con gentileza sin recriminar, ni menospreciar, sin echar en cara errores del pasado.

Aquel que eligió dedicar su vida al servicio de la humanidad como ofrenda a Lo Dios, el servidor, debe reflejar en todos sus actos una devoción permanente ante sus semejantes, sean estos superiores o inferiores a él. Debe practicar todas las normas que le corresponden, no por obligación, sino por convicción, como ofrenda y, entonces, todo acto hecho por convicción y por ofrenda deja de ser obligación para convertirse en devoción.” (S.G., El deber y la devoción, item 4.4)

Los servidores devotos se someten con gusto y con la intención de agradar a quienes le rodean. “No es posible la devoción sin la virtud de la piedad, que nos mueve e incita a reverenciar, acatar, venerar, honrar, servir y amar a Dios, a nuestros padres, a los superiores o maestros, y a la patria.” (S.G., El deber y la devoción, item 2)

Nuestro deber como servidores es estar siempre presto a servir con devoción, sin hacer comparaciones, sin hacer protestas, y sin ningún resentimiento.

Para superar la rivalidad y las querellas en la fraternidad, debemos olvidarnos de nuestros egos y buscar cumplir con los objetivos que nos vinculan como hermandad espiritual. Debemos buscar aquello que fortalece cada vez más nuestros vínculos. Sólo de esta forma podrá lograrse que esta fraternidad se extienda hacia cada vez más personas. Pero si demostramos desacuerdos, desinteligencia, falta de respeto, esto alejará todo aquel que busca vincularse en lazos fraternales con nosotros.

La emotividad es un condicionamiento de fenómenos afectivos que ocasiona contradictorias modificaciones de la conducta del ser humano. La oposición entre el amor y el odio estimula el ejercicio del deber y la devoción por amor a sus semejantes, al mismo tiempo que incita a la rivalidad con aquellos otros, con quienes -por dualidad- son diferentes de ellos. Sólo deslindando la intencionalidad de las actitudes humanas puede discernirse y calificarse las imperceptibles diferencias entre la devoción y el deber.” (S.G., El deber y la devoción, ítem 4.2)

Un auténtico religioso es el que obedece y cumple con sumisión y amor todos los mandatos de su fe. (S.G., El ser auténtico, ítem 5.2.1.2.)

Debemos “asumir actitudes autocríticas para revalorar nuestras conductas -con discernimiento- calificando, clasificando y diferenciando la positividad de la negatividad de los actos correctos o incorrectos; el amor, del odio y la envidia a nuestros semejantes; lo constructivo de lo destructivo; si somos amistosos o querellantes.” (S.G., Los espejos del alma, ítem 8.2)

 
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