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Anficonciencias

Nuestro siglo XX se ha caracterizado por ser pródigo en los artificios del progreso de los pueblos. Progreso que no siempre ha engrandecido ni dignificado la imagen del hombre, pero que de una u otra manera ha satisfecho sus ideales, aún cuando a la postre lo único que se haya conseguido sea acrecentar sus conflictos y tribulaciones.

Los pueblos experimentan actitudes sicosociales concordantes con la idiosincrasia de sus gentes y por ellos, al igual que cualquier individuo, su conducta corresponderá a la edad de su experiencia psíquica y, por extensión, a su experiencia cívica. Y a los pueblos como a los hombres es difícil diagnosticarles la edad cívica, pues ora tienen arrebato de gran madurez social, como de repente se dejan arrastrar por el entusiasmo de una juventud irreflexiva y de una irresponsabilidad, que nos deja perplejos por su inmadurez.

La atávica lucha del hombre frente a las polifacéticas formas de la opresión, despertó el intelecto de la humanidad creando actitudes libertarias, que fundamentadas filosóficamente por la ética y la moral de los tiempos, engendró multitud de principios doctrinales que, simultáneamente, fueron fermentos de diversas “posturas” de la conciencia de los pueblos. Así nacieron los mandamientos de Dios y también los sagrados derechos del hombre conjuntamente con miles de principios doctrinales que hoy gobiernan las relaciones de los pueblos y de los hombres, tales como la doctrina bolivariana, la de Monroe, la de  la Alianza para el Progreso, y la del Pacto Andino –entre otros- en América Latina, y los innumerables principios que equilibran las relaciones políticas de Europa, Asia y África.

Conforme las distancias se fueron acortando por el avance de la tecnología moderna, los principios doctrinales se fueron expandiendo en la solidaridad de los pueblos hasta universalizarse.

Entre las últimas conquistas políticas del derecho internacional, en las últimas décadas se popularizó la “doctrina de la no intervención” en los asuntos internos de cada país, los 109 países que formaban el grupo de los 77 del Tercer Mundo, llegaron a esgrimir este principio como un estandarte que permitiría la libertad de los pueblos oprimidos y explotados por los países imperialistas.

Los diarios del mundo consumieron miles de toneladas de papel en la publicación de este “inalienable derecho” que cada pueblo tenía para resolver sus asuntos internos a “su” manera y sin que otros tuvieran que intervenir en lo que no les concernía. El antiguo principio de que “la ropa sucia se lava en casa”, fue la psicosis obsesiva de los políticos e intelectuales de la época, que demagógicamente defendían sus planes partidistas, pero que, como de costumbre, predicaban lo que no sabían practicar y censuraban lo que jamás supieron observar ante sus propias proclividades.

Todos los países recurrieron a la política de la “no intervención” de los demás en sus asuntos internos, pero jamás dejaron de intervenir en los asuntos externos, llegando a los extremos de querer condicionar las leyes internas de otros países en el afán de obtener las prebendas necesarias para sus propios intereses. Irónica forma de observar el derecho de la “no intervención”…

El caso Somoza de Nicaragua ha sido la más flagrante y masiva violación  que los países del mundo han cometido contra los asuntos internos de un país. Izquierdas y derechas se unieron para atropellar un principio doctrinal que a muy escasos meses era tan consagrado y exaltado por todos, inescrutable naturaleza de la anfi-conciencia de los hombres y de los pueblos.

Esta opinión personal, no supone ninguna simpatía por la tiranía de Somoza. Por el contrario, la acción patriótica de los revolucionarios nicaragüenses estaba señalando el camino correcto para muchos otros pueblos oprimidos por diversas formas de tiranía, pueblos que en vez de enviar a su gente a luchar en tierras nicaragüenses, y en vez de enviar diversos apoyos a los mencionados revolucionarios, debieron más bien, haber ejercitado ese derecho de la “no intervención” e imitado la acción en sus propios países, para obtener los ideales que tanto desean y que tan sólo se satisfacen con vitorear las conquistas de otros pueblos. Se ha escuchado expresar pública y descaradamente que la caída de Somoza fue un triunfo latinoamericano. Triunfo del Tercer Mundo que significó la derrota de la doctrina de la “no intervención” en sus propios territorios.

Ante estos hechos tan evidentes ¿en qué situación quedará la doctrina de la “no intervención”?

¿Quiénes serán los estólidos que la respeten en el futuro?... ¿Y con qué ética podremos realmente exigir –en el futuro- que se respeten nuestros derechos de “no intervención” en los asuntos de nuestros respectivos países?

Hoy con Honduras, como ayer con Nicaragua y con Cuba, la conciencia de nuestros pueblos demostró esa inmadurez propia de la inexperiencia y de la ignorancia. Y hoy como siempre hemos sepultado otro gran principio doctrinal que –al igual que muchos otros- que se pregonan en el papel, hubieran dignificado nuestro destino patrio si hubiéramos sabido respetarlo y ejercitarlo.

Estas posturas de la conciencia de los pueblos y de los hombres adquieren una vez más esa inestabilidad y volubilidad propias de la rosa náutica que gira al compás del viento que la impulsa a uno y otro lado y a veces se aquieta por la falta del impulso externo.

Es incuestionable que mientras nuestra conciencia cívica sea veleidosa, será imposible otear en el horizonte ideológico de los pueblos, el norte doctrinal que guíe nuestro destino hacia el verdadero respeto de los derechos del hombre.

Nota de Redacción.- Este artículo fue publicado en la Revista EGO de 1980.

                                 Autor: Claudio J. Cedeño. 

 
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